Ya viste cómo empezó todo y te quedaste con el corazón en la mano. Aquí sigue la historia, hasta el final.
El sudor le corrió por la nuca antes que el miedo le llegara al pecho. Don Efraín estaba de pie junto a la mesa de madera, revisando unos papeles con la tranquilidad de quien ha hecho lo mismo mil veces, cuando notó algo raro en el aire.
No fue un ruido. Fue un silencio.
La selva siempre habla: los insectos, los pájaros, las hojas. Cuando ese murmullo se corta de golpe, es porque algo grande se está moviendo entre los árboles y no quiere que lo escuchen.
El aviso que lo cambió todo
El muchacho apareció corriendo entre los helechos, con la camisa pegada al cuerpo y los ojos blancos de pánico. Se llamaba Joel, tenía veintidós años y llevaba tres meses trabajando en el claro. Nunca había visto nada parecido.
—¡Don Efraín! ¡Don Efraín, ya cayeron los federales!
La frase salió de su boca en pedazos, como si cada palabra le costara arrancarla del pecho. Tropezó con una raíz, se levantó, siguió corriendo hacia la mesa.
Don Efraín no se movió. Eso era lo primero que aprendía cualquiera en ese negocio: el que corre, pierde. El que grita, delata.
—Respira —le dijo, con una voz tan baja que casi no se oyó—. Y dime bien.
—Vinieron por el lado del río. No los vimos venir, don. Traen camionetas, traen perros, traen de todo. Ya están en la entrada del camino.
Uno de los hombres que estaba cerca dejó caer una caja. El golpe contra la tierra sonó como un disparo en medio de aquel silencio nuevo.
Don Efraín cerró los ojos dos segundos. Dos segundos nada más. En su cabeza ya estaba corriendo todo el plano del terreno, como si tuviera un mapa dibujado por dentro.
—¿Cuántos son?
—No alcancé a contar. Pero son muchos, don. Son muchos.
El viento volvió a moverse entre las hojas. Unos metros más allá, tres trabajadores se habían quedado quietos, mirándose entre ellos, esperando órdenes de un hombre al que le acababan de decir que su mundo se estaba cayendo encima.
Don Efraín abrió los ojos.
—Nadie corre todavía —dijo—. El que corre solo, se pierde. Aquí salimos todos o no sale nadie.
La orden de evacuación
Se giró hacia el grupo y levantó una mano. No gritó. Nunca gritaba.
—Escúchenme bien, porque lo voy a decir una sola vez. Recogemos todo lo que se pueda cargar y nos vamos por el pasadizo. Nada de maletas, nada de ropa. Lo que se pueda llevar en las manos, se lleva. Lo que no, se queda.
—¿Y la mercancía, don? —preguntó uno de los más viejos, un hombre flaco con la cara curtida de sol.
—La mercancía se viene con nosotros. Es lo único que no se puede quedar aquí.
Los hombres se movieron como un solo cuerpo. No había tiempo para discutir, ni para preguntar, ni para despedirse de nada. Cada quien sabía dónde estaba lo que tenía que cargar.
Joel seguía temblando junto a la mesa. Don Efraín lo miró un instante y le puso una mano en el hombro.
—Tú te vienes conmigo. Al frente.
—Don, yo… yo no conozco el túnel.
—Por eso mismo. Hoy lo vas a conocer.
El sonido de motores empezó a llegar desde muy lejos, filtrado entre los árboles. Todavía no se veían, pero ya se oían. Y eso era peor que verlos.
Don Efraín caminó hasta el fondo del claro, donde una lona verde cubría una entrada que casi nadie notaba si no sabía dónde mirar. La levantó con las dos manos y la dejó caer a un lado.
Debajo había un hueco oscuro, con escalones de tierra apisonada que bajaban hacia la nada.
—Vamos —dijo—. En fila. Uno detrás del otro. No se suelten.
La huida por el subterráneo
El primer paso dentro del túnel fue como entrar a otro mundo. El aire cambió de golpe: más pesado, más húmedo, con olor a tierra mojada y a raíz vieja.
Unos focos colgados del techo, separados por varios metros, daban una luz amarillenta y pobre. Apenas alcanzaba para ver dónde pisar, pero no para ver el final del pasadizo.
Don Efraín iba adelante. Detrás venía Joel, y detrás de Joel los demás, cargando cajas, bolsas y lo que cada uno había podido agarrar en la carrera.
Las paredes eran de tierra pura, apretadas a mano, con algunas vigas de madera que sostenían el techo. En algunos tramos el túnel se hacía tan angosto que había que pasar de lado.
—No miren para atrás —dijo Don Efraín sin voltear—. El que mira para atrás, se tropieza. Y el que se tropieza, nos atrasa a todos.
Los pasos resonaban como tambores. El eco repetía cada sonido, cada respiración, cada murmullo. Era como caminar dentro de un tambor gigante.
Joel iba agarrado de la camisa del hombre de adelante. Sentía el corazón en la garganta y las manos le sudaban tanto que casi no podía sostener lo poco que llevaba.
—Don Efraín —susurró—. ¿Y si vienen por este lado?
—No saben que existe.
—¿Y si lo encuentran?
Don Efraín no respondió enseguida. Caminó unos metros más en silencio, con la linterna que llevaba en la mano barriendo la oscuridad de adelante.
—Si lo encuentran —dijo al fin—, entonces ya no importa lo que hagamos ahora. Así que mejor no pensemos en eso.
El avance en el túnel
El túnel se estiraba como una serpiente bajo la tierra. A veces subía, a veces bajaba, a veces se abría en cámaras pequeñas donde había herramientas viejas y cajas vacías apiladas contra las paredes.
Los focos parpadeaban. Uno de ellos se apagó cuando pasaban debajo, y el grupo quedó a oscuras por unos segundos que se sintieron como horas.
—Nadie se detenga —ordenó Don Efraín—. La luz de adelante ya va a aparecer.
Y apareció. Un foco nuevo, amarillento, colgado de una viga torcida. La luz volvió y con ella volvió el aire a los pulmones de todos.
Uno de los hombres, el más joven después de Joel, empezó a llorar sin hacer ruido. Las lágrimas le brillaban en la cara sucia de tierra pero no decía nada, no se detenía, seguía caminando.
Don Efraín lo notó. No dijo nada tampoco. En ese momento, llorar era lo más humano que se podía hacer, y mientras las piernas siguieran moviéndose, estaba bien.
—¿Cuánto falta, don? —preguntó alguien desde atrás.
—Poco. Ya casi llegamos al otro lado.
Era mentira. Faltaba bastante. Pero Don Efraín sabía que la gente camina más cuando cree que ya casi llega.
El grupo siguió avanzando. Las cajas pesaban más con cada metro. El aire se hacía más escaso. Algunos empezaron a respirar por la boca, con la lengua seca y los labios partidos.
Joel tropezó con una piedra y casi se cayó. Don Efraín lo agarró del brazo sin voltear, como si tuviera ojos en la espalda.
—Te dije que no miraras para atrás.
—No estaba mirando, don. Fue una piedra.
—Entonces mira dónde pisas. Y sigue.
Lo que quedó arriba
Mientras el grupo avanzaba bajo tierra, arriba, en el claro, las camionetas ya habían llegado. Los federales entraron con las armas listas, gritando órdenes, rodeando las casetas de madera.
Encontraron la mesa, los papeles, las huellas recientes. Encontraron las tazas de café todavía calientes y una radio encendida que nadie apagó.
Pero no encontraron a nadie.
Uno de los agentes pateó una silla y miró alrededor con rabia contenida. Otro se acercó a la lona verde que cubría la entrada del túnel, la levantó un poco, miró hacia abajo.
La oscuridad le devolvió la mirada.
—¡Jefe! —gritó—. ¡Aquí hay algo!
Don Efraín, en ese mismo instante, estaba a más de un kilómetro de distancia bajo tierra. No podía oír nada. Pero algo en su pecho se apretó, como si la tierra misma le avisara que alguien estaba pisando su secreto.
—Apriétense —dijo—. Ya falta menos.
Los focos siguieron encendidos. Las piernas siguieron moviéndose. Y el túnel, paciente como siempre, siguió tragándose a los hombres que huían.
Nadie habló durante los siguientes minutos. Solo se oían las respiraciones, los pasos y el goteo constante del agua filtrándose por las paredes de tierra.
Joel pensó en su mamá. Pensó en la casa donde creció, en el pueblo donde ya no podía volver, en la promesa que le hizo a su hermanita de que algún día la iba a sacar de ahí. Pensó que quizás esa noche era la última que pasaba en ese país.
Don Efraín pensó en otra cosa. Pensó en los años que llevaba construyendo ese pasadizo, palmo a palmo, sin que nadie supiera. En las veces que lo había recorrido solo, en la oscuridad, imaginando este día exacto. Y pensó que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo.
Tenía algo parecido a la tristeza.
El otro lado
Cuando finalmente llegaron al final del túnel, Don Efraín empujó una puerta de madera cubierta de ramas y hojas secas. La luz de la noche entró de golpe, plateada y fría, y los hombres salieron uno por uno a un pequeño claro escondido entre montañas.
Nadie habló. Todos se dejaron caer al suelo, con las cajas todavía en las manos, respirando como si acabaran de nacer.
Joel se sentó contra un tronco y se abrazó las rodillas. Temblaba. Pero ya no de miedo.
Don Efraín se quedó de pie, mirando hacia atrás, hacia la boca del túnel que acababan de dejar atrás. Pensó en los federales abriendo la lona verde, mirando hacia la oscuridad, sin saber qué hacer.
Sonrió apenas. Casi nada.
—Se salvaron —dijo en voz baja—. Esta vez, se salvaron.
Los hombres lo miraron. Algunos asintieron. Otros siguieron con la cabeza gacha, sin poder creer que estaban vivos.
Don Efraín sacó un cigarro del bolsillo, lo encendió con calma y le dio una calada larga. El humo se levantó en el aire frío y se perdió entre las estrellas.
—Ahora hay que seguir —dijo—. Porque esto no se acaba aquí.
La revelación final
Se acercó a Joel, que seguía sentado contra el tronco, y le puso una mano en la cabeza como se le pone a un hijo.
—¿Todavía tienes miedo?
—Sí, don.
—Bien. El miedo te mantiene vivo. El que no tiene miedo, se muere rápido.
Se separó un poco del grupo. Caminó unos pasos hacia donde empezaba el camino de tierra que bajaba hacia el pueblo. Y entonces, por primera vez en toda la noche, volteó a ver directo hacia donde ninguno de sus hombres podía ver.
Hacia la cámara.
—Ustedes no saben lo que pasó arriba —dijo, con una media sonrisa cansada—. No saben lo que encontraron los federales en el claro. No saben qué pasó con la mercancía, ni con los muchachos que se quedaron atrás, ni con todo lo que dejamos enterrado bajo esa lona verde.
Se llevó el cigarro a la boca, le dio otra calada y soltó el humo despacio.
—Yo sí lo sé. Y se los voy a contar. Pero no aquí, no ahora.
Señaló con la barbilla hacia el horizonte, donde el cielo empezaba a ponerse gris.
—En el primer comentario está la segunda parte. Ahí les cuento lo que de verdad pasó esa noche, lo que encontraron los federales cuando entraron al túnel, y por qué yo ya sabía que iban a caer.
Apagó el cigarro contra la suela de la bota y lo tiró al suelo.
—No se la pierdan. Porque lo que viene, nadie se lo imagina.
Y se dio la vuelta, caminando hacia la oscuridad del monte, con sus hombres levantándose uno por uno para seguirlo, mientras el túnel a sus espaldas seguía ahí, callado, guardando todos sus secretos bajo la tierra.
La historia no termina aquí. Apenas empieza.