«Señor, su sobre es un chiste»: la frase que lo cambió todo en la agencia de autos

Publicado por web-recuentos el

Anciano de zapatos lustrados sosteniendo un sobre manila frente al mostrador de una lujosa agencia de autos
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La escena quedó cortada justo en el momento más caliente, y tú no ibas a quedarte con la duda de cómo termina. Aquí sigue, y prepárate porque esto apenas empieza.

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Rosa llevaba catorce años limpiando los baños y los pisos de la Agencia Valderrama, y en catorce años había aprendido a leer a los hombres con solo mirarles los zapatos. Aquella mañana estaba sacándole brillo al mostrador de vidrio cuando vio entrar al señor mayor, y lo primero que pensó fue que los zapatos de ese hombre contaban una historia muy distinta a la de su camisa.

Eran unos zapatos viejos, sí, pero buenos. Cuero legítimo, gastado con dignidad, lustrado con esmero la noche anterior. No eran los zapatos de un mendigo ni de un loco. Eran los zapatos de alguien que había trabajado mucho y que todavía se respetaba a sí mismo.

Rosa lo supo de inmediato: ese señor no estaba perdido. Ese señor venía a hacer algo.

Y nadie en esa sala, empezando por el gerente Bermúdez, se iba a dar cuenta a tiempo.

El sobre café que nadie quiso mirar

El señor entró despacio, con las manos manchadas por el sol y la edad, sosteniendo contra el pecho un sobre de papel manila doblado por las esquinas. Caminó hasta el mostrador central de la agencia, esa joya de mármol y luces led donde los vendedores se reparten clientes como si fueran boletos de lotería.

Se detuvo frente a Kevin, el vendedor estrella, el de la camisa impecable y la sonrisa de comercial de televisión.

Kevin no lo miró.

Siguió tecleando en su tableta, con esa indiferencia ensayada que los vendedores de autos de lujo usan como filtro. La regla no escrita de la Agencia Valderrama era sencilla: si alguien entra vestido de obrero, se le atiende mal para que se vaya solo.

El señor carraspeó.

—Buenos días —dijo, con una voz suave, de esas que no imponen, que casi piden permiso para existir—. Vengo a ver al gerente. Tengo una cita.

Kevin levantó apenas una ceja sin despegar los ojos de la pantalla.

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—¿Una cita? ¿Con quién?

—No me dieron el nombre. Solo me dijeron que viniera hoy a las once.

Kevin soltó una risita corta, de esas que duelen más que un insulto.

—Mire, señor, aquí las citas se piden por correo o por teléfono. ¿Usted tiene correo electrónico?

El anciano negó con la cabeza, apretando el sobre contra el pecho.

—Tengo esto —dijo, y lo levantó un poco.

Kevin finalmente miró el sobre.

Y lo que vio no le dio ninguna razón para cambiar de actitud. Papel común, doblado, con las orillas ya peludas de tanto trajín. El sobre de alguien que no maneja la tecnología, pensó. El sobre de alguien que viene a pedir trabajo o a vender algo o a contar alguna historia triste de las que la gente cuenta cuando ya no tiene a quién más molestar.

—Espérese ahí —dijo Kevin, con un tono que ya no era de mayordomo sino de portero de discoteca.

Y se fue caminando hacia la oficina del gerente Bermúdez sin apurarse, dejando al señor de pie, en medio de la sala, como si fuera un mueble que estorbaba.

Rosa lo vio todo desde su rincón, con la franela en la mano, y sintió esa punzada en el estómago que se siente cuando uno presencia una injusticia y no puede hacer nada. Todavía no sabía que esa punzada se iba a convertir, cuarenta minutos después, en una de las historias que contaría durante años en las reuniones familiares.

La humillación comienza

Bermúdez salió de su oficina con esa caminata de gallo que usan los gerentes cuando quieren recordarle al mundo quién manda. Tenía el pelo engominado y el reloj brillante, y una sonrisa que solo se activaba con ciertos clientes.

Al ver al señor, la sonrisa se apagó como una vela.

—¿Usted es el de la cita? —preguntó, sin extender la mano.

—Sí, señor. Buenos días.

—Buenos días. ¿Y qué es lo que necesita?

El anciano, que se llamaba don Aurelio y tenía setenta y dos años, respiró hondo. Había ensayado ese momento durante semanas. Había pensado las palabras exactas, el tono exacto, la forma exacta de entregar el sobre sin que pareciera un hombre presumido.

Pero frente a la mirada de Bermúdez, todas sus palabras ensayadas se le enredaron en la garganta.

—Vengo por lo del contrato —dijo al fin, y extendió el sobre—. Creo que usted ya sabe de qué le hablo.

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Bermúdez tomó el sobre entre dos dedos, como si fuera un pañuelo usado. Lo abrió despacio. Sacó una hoja doblada.

La leyó.

La leyó otra vez.

Y entonces soltó una carcajada que retumbó en toda la agencia.

—¿Esto es una broma? —dijo, levantando la hoja para que Kevin la viera—. Kevin, mira esto. Mira lo que este señor nos trajo.

Kevin se acercó, leyó por encima del hombro, y se rio también. Se rieron los dos, y en la sala de espera una pareja joven que estaba comprando un sedán giró la cabeza para ver qué pasaba.

Don Aurelio no se movió.

—No es una broma, señor —dijo, con una calma que a Bermúdez le sonó a desafío—. Ese documento está firmado y certificado. Y yo soy el dueño de este local.

El silencio que siguió duró apenas dos segundos.

Después, Bermúdez explotó.

—¿Dueño? ¿USTED? —gritó, y su voz rebotó contra el techo de vidrio—. Pero mírese, señor. ¡MÍRESE! ¿Usted cree que yo voy a creer que un… que una persona como usted es dueño de algo como esto?

Le señaló con el brazo toda la agencia, el piso de porcelana, las luces colgantes, los autos que brillaban detrás de los ventanales.

—¿Sabe cuánto cuesta solo el aire acondicionado de esta oficina? ¿Sabe cuánto cuesta UN día de renta? Y usted viene aquí, con esos zapatos, con esa camisa, con esa… —buscó la palabra y la encontró con rencor— facha, a decirme que es el dueño.

Kevin se rio más fuerte, siguiéndole el juego a su jefe.

—Jefe, este señor debe estar confundido —dijo, con una sonrisa falsa—. O lo mandaron de alguna otra agencia para hacernos perder el tiempo.

Don Aurelio sintió el calor subirle al cuello.

No era un hombre de pleitos. Había criado a cuatro hijos con el sudor de su frente, primero en el campo y después en un taller mecánico propio, uno de esos tallercitos de barrio donde se arreglaba todo con paciencia y con alambre. Se había jubilado hacía años, viudo ya, y había dedicado su vejez a una sola cosa: cuidar el dinero que le había dejado su esposa y que él había sabido multiplicar sin llamar la atención de nadie.

Ese sobre contenía el contrato de compra de la Agencia Valderrama, firmado la semana anterior, con el nombre de Aurelio Salazar Rendón como propietario único. Lo había comprado no por vanidad, sino por una razón que dolía: el local había sido, treinta años atrás, el taller donde él y su esposa habían trabajado juntos cuando eran jóvenes. Quería recuperarlo, restaurarlo, hacer algo bonito con él.

Y ahora estaba parado frente a dos hombres que lo trataban como a un ladrón de barrio.

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—Mire —dijo Bermúdez, dejando caer el sobre al suelo—, yo no sé quién le puso esa hoja en la mano, ni quién lo mandó a hacer este circo, pero le voy a dar diez segundos para que se largue de aquí antes de que llame a seguridad.

—Llame a quien quiera —respondió don Aurelio, con una firmeza que sorprendió hasta a Rosa—. Pero le voy a pedir que se agache a recoger mi documento.

—¿Cómo se atreve…

—Se lo pido por favor. Es un documento importante.

Bermúdez lo miró con una furia que se le notaba en los nudillos blancos.

—Kevin —dijo, con los dientes apretados—. Sacúdase a este viejo de encima. Ya. Y si no se quiere ir, llame a la policía. Pero primero, sáquelo.

El celular roto

Kevin avanzó hacia don Aurelio con el pecho inflado, como un gallo de pelea.

—Vamos, señor, coopere —dijo, y le puso una mano en el brazo—. No me obligue a hacer esto más difícil.

Don Aurelio se soltó con un movimiento suave, casi triste.

—No me toque, joven. Yo me voy solo. Pero antes quiero hacer una llamada.

Y sacó de la bolsa de su pantalón un celular viejito, uno de esos de tapita que ya casi no se ven, y comenzó a marcar un número.

Kevin miró a Bermúdez. Bermúdez le devolvió una mirada que significaba una sola cosa: no lo dejes llamar.

Y Kevin, que llevaba cinco años haciendo lo que su jefe le dijera sin preguntar, reaccionó como un perro entrenado.

De un manotazo, le arrancó el celular de las manos a don Aurelio.

—¡Aquí no va a llamar a nadie! —gritó—. ¡Usted no sabe con quién se está metiendo!

Y lo estrelló contra el piso de porcelana.

El golpe sonó como un disparo. La tapita salió volando, la batería rodó bajo una silla, y la carcasa se partió en dos mitades que quedaron abiertas como un libro roto.

Don Aurelio se quedó mirando los pedazos.

No gritó. No lloró. No se abalanzó sobre Kevin ni lo insultó. Se quedó quieto, con las manos temblando un poco, y en sus ojos había algo peor que el enojo: había vergüenza. La vergüenza de un hombre viejo que ha sido humillado en público y que sabe que si responde con violencia, todos le darán la razón al otro.

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En la sala, los testigos se quedaron helados. La pareja joven que compraba el sedán se levantó de sus asientos, incómoda. Un señor mayor que esperaba en la esquina sacó el celular y empezó a grabar. Rosa, la señora de limpieza, sintió que le ardían las mejillas.

Y nadie dijo nada. Eso es lo peor. Nadie dijo nada durante casi diez segundos, hasta que una voz joven se levantó desde el fondo de la agencia.

—Oye, eso que hiciste fue una animalada.

Todos giraron la cabeza.

Era Tomás, el chico nuevo. Tenía veintidós años, llevaba apenas tres meses trabajando en la agencia, y todavía no había aprendido a agachar la cabeza.

Caminó hasta donde estaban los pedazos del celular, se agachó, y comenzó a recogerlos uno por uno.

—Este señor puede ser quien sea, pero tú no tienes derecho a romperle sus cosas —dijo, sin levantar la voz.

Bermúdez se puso rojo.

—Tomás, métase en sus asuntos.

—Este es mi asunto, jefe —respondió Tomás, y le entregó los pedazos a don Aurelio con las dos manos, como se entrega un objeto sagrado—. Perdón, señor. Discúlpeme.

Don Aurelio lo miró. Y por primera vez en toda la mañana, algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara.

—Gracias, muchacho —dijo.

Bermúdez no soportó la escena.

—¡Tomás! ¡Está despedido! —gritó—. ¡Recoja sus cosas y se va ahora mismo! ¡Ya!

Tomás se enderezó despacio. No discutió. No rogó. Solo miró a don Aurelio con una expresión extraña, casi como si supiera algo que nadie más sabía en esa sala.

—Está bien —dijo—. Pero antes de irme, quiero que sepa una cosa, jefe.

—¿Qué cosa?

—Que usted acaba de cometer el error más grande de su vida.

Y sin agregar una palabra más, Tomás caminó hacia la puerta, se detuvo, y se quedó parado junto a don Aurelio. Como si lo estuviera cuidando. Como si ya hubiera decidido de qué lado estaba.

El silencio antes de la tormenta

Don Aurelio, con los pedazos del celular apretados en una mano y el sobre manila en la otra, miró a Bermúdez con una tristeza enorme.

—¿Sabe qué es lo que más me duele? —dijo, con una voz que ya no temblaba—. No es que me haya roto el celular. No es que me haya gritado. Es que usted me trató mal por cómo me visto.

Bermúdez resopló.

—Ay, señor, no empiece con el cuentito de la discriminación. Aquí todos somos iguales, pero usted…

—No —lo cortó don Aurelio—. Usted no me dejó ni hablar. Usted me humilló delante de toda esta gente. Usted me rompió el celular. Y ahora voy a hacer mi llamada.

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—¿Con qué celular? —se burló Kevin—. ¿Con los pedazos?

Don Aurelio no le respondió. En cambio, se giró hacia la puerta y levantó la mano, haciendo una seña.

Y entonces todos entendieron.

Afuera, estacionada frente al vidrio de la agencia, había una patrulla de policía que llevaba por lo menos quince minutos esperando. Y en la puerta, dos agentes uniformados miraban hacia adentro, esperando la señal.

Don Aurelio los había llamado antes de entrar. Antes de que Bermúdez lo humillara. Antes de que Kevin le rompiera el celular. El hombre había previsto todo. Solo quería ver hasta dónde eran capaces de llegar.

Bermúdez se quedó blanco.

—¿Qué…? ¿Por qué están esos ahí?

—Porque yo los llamé, señor Bermúdez —dijo don Aurelio, con una calma nueva, una calma que ya no era sumisión sino autoridad—. Cuando uno va a tomar posesión de una propiedad que ha sido mal manejada, conviene hacerse acompañar, ¿no le parece?

Los dos agentes entraron a la agencia. Saludaron a don Aurelio con un respeto que hizo abrir los ojos a todo el mundo.

—Señor Salazar, todo listo —dijo uno de ellos—. Los papeles están en orden. El abogado viene en camino.

—Gracias, comandante —respondió don Aurelio—. Deme unos minutitos más, por favor. Todavía tengo que decirle algo a estos señores.

Kevin se había quedado petrificado junto al mostrador. Bermúdez abría y cerraba la boca sin lograr articular palabra. Los clientes ya no estaban comprando nada; todos tenían el celular en la mano, grabando.

Don Aurelio se acercó al gerente, despacio, con esos zapatos viejos que Rosa había sabido leer desde el primer momento.

—Yo compré esta agencia la semana pasada —dijo, con voz serena—. No para hacerme el importante. La compré porque aquí trabajé hace treinta años, con mi esposa, cuando esto era un taller de barrio. La compré para honrar su memoria. Pensaba llegar, saludar, conocer a la gente, y tomarme mi tiempo para decidir qué hacer con ustedes.

Hizo una pausa.

—Pero llegué y lo primero que hicieron fue burlarse de mí. Lo segundo, humillarme. Y lo tercero, romperme el celular. Así que ya no voy a tomarme ningún tiempo.

Bermúdez tragó saliva.

—Señor, discúlpeme, yo no sabía…

—Lo sé —lo cortó don Aurelio—. Y ahí está el problema. No me trataron mal porque yo fuera quien soy. Me trataron mal porque creyeron que yo no era nadie. Y eso, señor Bermúdez, es exactamente lo que no puedo perdonar en esta agencia.

Lo que el sobre contenía de verdad

En ese momento entró por la puerta un hombre de traje, con un maletín negro y una carpeta gorda bajo el brazo. Era el abogado Salinas, el notario que había tramitado toda la operación.

—Buenos días, don Aurelio —dijo, y le tendió la mano con una sonrisa—. ¿Ya se presentó?

—Ya casi —respondió el anciano—. Todavía no terminan de creerme.

El abogado dejó la carpeta sobre el mostrador y la abrió. Sacó varios documentos, los puso uno por uno, y se los mostró a Bermúdez con esa paciencia fría de los hombres de ley.

—Escritura pública número dos mil trescientos cuarenta y siete —leyó—. Compraventa del inmueble ubicado en avenida Libertad, número ciento veintidós, donde funciona la Agencia Valderrama. Comprador: Aurelio Salazar Rendón, en su calidad de único propietario. Vendedor anterior: la familia De la Torre. Fecha de firma: el pasado catorce de marzo. Registro: debidamente inscrito y anotado.

Bermúdez miraba los papeles con los ojos cada vez más grandes.

—Esto no puede ser —murmuró.

—Esto es —dijo el abogado, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Y le voy a leer una cláusula adicional que firmó el vendedor anterior, la número siete, que es importante. Dice así: "El comprador tendrá derecho a tomar posesión inmediata del inmueble, así como a revisar la administración del negocio durante los últimos veinticuatro meses, y a tomar las acciones legales que considere pertinentes en caso de encontrar irregularidades".

El silencio fue total.

Don Aurelio miró a Bermúdez con una calma que ya no era tristeza. Era otra cosa. Era la calma tranquila del que ya no tiene nada que perder y todo que arreglar.

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—Señor Bermúdez —dijo—, ¿cuántos clientes ha estafado con esos "ajustes de precio" que su vendedor Kevin le aplica por debajo de la mesa?

Kevin se puso pálido.

—¿Cómo…?

—Lo sé todo, joven. Lo vengo investigando desde hace seis meses. Tengo los papeles, tengo los testimonios, tengo las grabaciones de tres clientes que vinieron a quejarse y que ustedes amenazaron con no darles el auto si hablaban.

Bermúdez se llevó las manos a la cabeza.

—Por favor, señor, no haga esto. Tengo familia. Tengo…

—Yo también tenía familia —lo cortó don Aurelio, y por primera vez su voz se quebró un poco—. Mi esposa murió hace ocho años y lo único que yo quería era volver a este lugar, donde fuimos felices, para recordarla. Y ustedes convirtieron eso en el peor día de mi vejez.

Se limpió los ojos con el dorso de la mano.

—Así que no me hable de familia, señor Bermúdez. Usted, en este momento, no tiene autoridad moral para hablar de nada.

La caída

Bermúdez intentó negociar. Ofreció renunciar, ofreció devolver dinero, ofreció quedarse como simple empleado para "demostrar que había aprendido". Kevin, por su parte, se puso a llorar y se arrodilló frente a don Aurelio, implorándole que no le hiciera nada, que él era joven, que tenía un hijo en camino, que necesitaba el trabajo.

Don Aurelio los escuchó a los dos, sin interrumpirlos.

Después se giró hacia el abogado.

—¿Qué recomienda, Salinas?

—Señor —dijo el abogado, con honestidad quirúrgica—, los hechos son claros. Este gerente contrató a un vendedor con historial de abuso, encubrió diecisiete clientes estafados en dos años, y hoy cometió agresión física, daño a propiedad ajena y discriminación en público. Yo recomiendo denuncia penal y civil. Además de la desocupación inmediata del cargo.

Kevin soltó un gemido.

Bermúdez se apoyó en el mostrador, con las piernas temblando.

—Señor Salazar, tenga piedad.

Don Aurelio lo miró largamente.

—Piedad —repitió, como si la palabra fuera nueva—. ¿Usted me tuvo piedad cuando me gritó delante de todos? ¿Cuando le ordenó a Kevin que me sacara a la fuerza? ¿Cuando le rompió el celular a un viejo que solo quería hacer una llamada?

Bermúdez no respondió.

—No, no me tuvo piedad. Y yo sí la voy a tener, pero no con ustedes. La voy a tener con la gente que trabaja aquí y que no tiene nada que ver con sus trampas. Con la señora Rosa, que lleva catorce años limpiando esta agencia y nunca ha recibido ni un aumento. Con Tomás, que hoy tuvo el valor de defender a un desconocido y por eso mismo fue despedido.

Tomás, que seguía parado junto a la puerta, abrió los ojos.

—¿Yo? —dijo.

—Usted, joven —dijo don Aurelio—. Venga para acá.

Tomás caminó hasta él. Don Aurelio le puso una mano en el hombro.

—¿Usted sabe algo de administración?

—Estudié dos años de contabilidad, señor. Pero no terminé porque…

—No importa por qué no terminó —lo cortó don Aurelio—. Importa lo que hizo hoy. Usted es la única persona en esta agencia que trató a un viejo desconocido como un ser humano. Y eso, para mí, vale más que cualquier curriculum.

Se giró hacia el abogado.

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—Salinas, prepare los papeles. Tomás queda como gerente interino de la Agencia Valderrama a partir de hoy. Y la señora Rosa queda como jefa de personal y administración, con el sueldo que corresponde.

Rosa, que estaba en su rincón con la franela apretada en las manos, se tapó la boca.

—¿Yo, señor? —dijo, con la voz rota—. ¿Yo?

—Usted, señora —dijo don Aurelio, y le sonrió con una ternura que solo un viejo que ha visto mucho puede tener—. Yo sé leer a la gente por cómo trabaja cuando cree que nadie la mira. Usted es de las buenas. Y esta agencia va a necesitar muchos como usted.

La última lección de Bermúdez

Antes de que se llevaran a Bermúdez, este hizo una última cosa. Se acercó a don Aurelio con la cabeza gacha y le extendió la mano.

—Le pido perdón, señor Salazar —dijo, con la voz quebrada—. No por el trabajo. Porque el trabajo ya lo perdí. Le pido perdón porque hoy aprendí algo que debí haber aprendido hace veinte años.

Don Aurelio le estrechó la mano.

—¿Qué aprendió?

—Que uno nunca sabe quién es la persona que tiene enfrente. Y que tratar mal a alguien porque se ve humilde es la mayor tontería que un ser humano puede hacer.

Don Aurelio asintió.

—Así es, señor Bermúdez. Y le voy a decir algo más, que le va a servir para toda la vida aunque ya no trabaje aquí: la humildad no es debilidad. Es la única forma real de respeto. Y el respeto no se le debe al rico nada más. Se le debe a todo el mundo. Al que entra con corbata y al que entra con zapatos viejos.

Bermúdez bajó la cabeza.

—Gracias, señor.

—No me dé las gracias. Aprenda.

Los agentes lo llevaron afuera. Kevin salió detrás de él, llorando, cargando una caja pequeña con sus cosas personales. La gente que había estado grabando empezó a compartir los videos. La pareja que iba a comprar el sedán se acercó a Tomás para felicitarlo. El señor mayor que estaba en la esquina apagó el celular con una sonrisa.

Y Rosa, la señora de limpieza, se acercó a don Aurelio con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Puedo abrazarlo, señor? —preguntó, casi con miedo.

—Venga, señora —dijo don Aurelio, y la abrazó como se abraza a una vieja amiga—. Venga, que los dos nos lo merecemos.

Tomás, parado junto a ellos, miraba la escena sin poder creer lo que acababa de pasar en una sola mañana.

—Don Aurelio —dijo—, ¿puedo preguntarle algo?

—Claro, mijo.

—¿Usted por qué no se enojó? Yo lo vi. Cuando le rompieron el celular, usted no gritó. No se puso a pelear. ¿Por qué?

Don Aurelio se soltó del abrazo de Rosa y miró a Tomás con una calma profunda.

—Porque cuando un hombre ya ha enterrado a su esposa, ya ha visto a sus hijos crecer y ya ha vivido setenta años, aprende que el enojo es un lujo que no vale la pena. Yo no vine aquí a pelear. Vine a hacer justicia. Y la justicia no se hace con gritos, mijo. Se hace con paciencia.

Hizo una pausa.

—Además —agregó, con una sonrisa pícara—, ya tenía todo amarrado desde antes de entrar. Yo sabía lo que me iba a pasar. Solo quería ver hasta dónde llegaban. Y ya lo vi.

Tomás se quedó pensando en eso.

—¿Y qué va a hacer ahora con la agencia?

Don Aurelio miró hacia los ventanales, donde afuera brillaba el sol sobre la avenida.

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—La voy a levantar —dijo—. La voy a convertir en un lugar donde la gente entre y la traten bien, sin importar cómo venga vestida. Y voy a poner en la entrada una placa con un letrero.

—¿Qué letrero, don Aurelio?

Y el viejo, con esa sonrisa tranquila de quien ya no tiene prisa, respondió con la frase que había estado pensando desde la noche anterior, mientras lustraba sus zapatos viejos con esmero:

—"Aquí se trata a todo el mundo como si fuera el dueño. Porque nunca se sabe quién lo es."

Tomás se rio.

Rosa se rio.

Y don Aurelio, el anciano del sobre manila, el de los zapatos lustrados y la camisa sencilla, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta con la espalda recta y la cabeza en alto.

Porque no hay victoria más grande que la del que pudo humillar y no lo hizo.

Y no hay lección más profunda que la que se aprende cuando alguien te trata mal y luego descubres quién era en realidad.

A veces el karma no llega en forma de trueno.

A veces llega en forma de un viejito de zapatos viejos, entrando a una agencia de autos con un sobre doblado contra el pecho.

Y cuando eso pasa, no queda más que agachar la cabeza y aprender.

Porque en este mundo, el que se cree más grande siempre termina siendo el más pequeño.

Y el que fue humillado en silencio siempre termina siendo el que da la última palabra.

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