¿Por qué la joven del taller le dio su cama al desconocido que llegó gritando?

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Joven mecánica con vestido manchado de grasa sostiene una llave de tuercas en un taller humilde frente a un hombre enojado
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Lo que empezaste a leer allá afuera tenía que continuar, y aquí es donde todo se revela.

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El hombre bajó del auto de un salto antes de que las llantas dejaran de girar. La puerta del taller de doña Rosa crujió cuando la empujó con ambas manos, como si quisiera arrancarla de sus goznes.

—¡Aquí no hay nadie que atienda esto! —gritó, con la corbata floja y el traje empapado de sudor.

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Frente a él, en medio de un desorden de llaves inglesas y bidones oxidados, una joven levantó la cabeza. Tenía el vestido manchado de grasa hasta los codos y una llave de tuercas en la mano derecha.

—Buenas tardes —dijo ella, sin levantar la voz—. ¿En qué le puedo ayudar?

El hombre la miró de arriba abajo. Miró el vestido manchado. Miró el taller destartalado. Y soltó una carcajada seca que no tenía nada de graciosa.

El hombre que llegó con el auto de un muerto

Se llamaba Ricardo Salazar Montiel, y cualquiera que hubiera crecido en la ciudad lo habría reconocido de inmediato. Hijo único del viejo don Emilio Salazar, el hombre que durante cuarenta años tuvo la flotilla de camiones más grande de la región.

Pero esa tarde Ricardo no parecía el heredero de nada. Parecía un hombre a punto de romperse.

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—Necesito que me arreglen ese carro —dijo, señalando hacia la calle—. Y necesito que lo hagan bien.

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