El cura le dijo «esto es casa de Dios» y el hombre de negro le contestó «aquí manda mi patrón»

Viste cómo empezó todo y te quedaste con la sangre en el aire: viniste por la parte que nadie te mostró.

El padre Anselmo sintió que el sudor le bajaba por la espalda debajo del alba, aunque el templo estaba fresco y las velas ardían sin moverse.

Había pasado veinte minutos desde que entraron, y todavía no se iban.

Los motores se apagaron primero uno por uno, como si alguien hubiera ordenado silencio. Después llegaron las botas, ese sonido seco que rebota distinto en el suelo de baldosa vieja de una iglesia.

Y luego las risas.

Eran siete, quizás nueve. El padre Anselmo dejó de contar cuando el primero se sentó en la banca de adelante y puso los pies sobre el reclinatorio.

El que se hacía llamar Dante

El que parecía mandar era un hombre joven todavía, con barba recortada y una cadena de plata que le brillaba en el pecho cuando la luz de las velas le daba de frente.

Los demás lo llamaban Dante.

Se paseaba por el pasillo central como si fuera su casa, tocando los santos de yeso con la punta de los dedos, sin quitarse los lentes oscuros.

—Padre —dijo, sin voltear—, ¿usted aquí está solo?

El padre Anselmo apretó el misal contra el pecho y no contestó de inmediato. Le temblaba la mano derecha, esa que había ungido a tres generaciones de niños del pueblo.

—Estoy con Dios —respondió al fin—. Nunca estoy solo.

Dante se rio. Fue una risa corta, sin ganas, de esas que se usan para humillar.

—Bonitas palabras. Pero yo le pregunté otra cosa.

Uno de los motociclistas, un grandote con tatuajes en el cuello, se acercó a la pila bautismal y metió la mano en el agua bendita.

Luego se la pasó por la cara, como si fuera a refrescarse después de un día de calor.

—Oye, padre —dijo el grandote—, ¿y aquí hay cámara? Porque si hay cámara, queremos salir guapos.

Todos rieron otra vez. Menos Dante.

Dante se acercó al altar con pasos lentos, se detuvo frente al sagrario y ahí sí se quitó los lentes.

Tenía los ojos tranquilos. Eso fue lo que más miedo le dio al padre Anselmo. Un hombre furioso se puede calmar. Un hombre tranquilo en un lugar así, no.

—Mire —dijo Dante, señalando el techo alto y las vigas viejas—. Este templo está en mi territorio. Todo lo que está en mi territorio, es mío. Las casas, los negocios, las camionetas. Y las iglesias también.

—Las iglesias no son de nadie —contestó el sacerdote—. Son de Dios y de su pueblo.

—Ahí se equivoca, padre.

Dante caminó hasta él y se paró a un paso de distancia. El padre Anselmo sintió el olor a gasolina y a colonia fuerte mezclados.

—Yo no vengo a arreglar cuentas con Dios —dijo Dante—. Vengo a arreglar cuentas con usted.

El padre dio un paso atrás, sin querer. Las baldosas frías le tocaron los talones a través de los zapatos.

—¿Conmigo? Yo no le he hecho nada.

—Ah, ¿no? —Dante alzó una ceja—. Usted es el que anda diciendo en las misas que aquí no se cobra por rezar. Que aquí no hay cuotas. Que aquí los muchachos que andan en la calle pueden venir a estudiar.

—Eso es lo que dice el Evangelio.

—Eso es lo que a mí me está costando dinero, padre.

El silencio cayó espeso en el templo. Dos mujeres que estaban arrodilladas en la última banca se levantaron despacio y empezaron a caminar hacia la puerta lateral.

Una de ellas se persignó tres veces seguidas, como si la cuenta no le cuadrara.

—Quédate quieta, señora —dijo el grandote del cuello tatuado, sin siquiera voltear a verlas—. Aquí no se ha terminado nada.

Las mujeres se quedaron de pie, pegadas a la pared, con las manos agarradas una a la otra.

El padre Anselmo las miró, y en ese momento entendió que ya no era solo su problema. Era el problema de todo el pueblo.

Y entonces hizo lo único que se le ocurrió.

La llamada que nadie esperaba

—Dante —dijo el sacerdote, y su voz salió más firme de lo que él mismo esperaba—, deja que estas mujeres se vayan. A mí me puedes hacer lo que quieras. A ellas no.

Dante se rio otra vez con esa risa corta.

—Usted cree que está negociando. No está negociando.

—Está bien. Entonces voy a llamar a alguien.

—¿A quién? ¿A la policía? —Dante se volteó hacia los suyos, con los brazos abiertos como si estuviera presentando un número—. ¡El padre le va a hablar a la policía!

Todos se rieron fuerte. Uno de ellos aplaudió.

—No es a la policía —dijo el padre Anselmo.

Y sacó el teléfono del bolsillo de la sotana.

Dante dejó de reír. En su cara se movió algo, un músculo de la mandíbula, apenas.

—¿Y a quién le va a hablar, padre?

El sacerdote ya estaba marcando. Tenía los dedos temblorosos, y por eso marcó mal el primer número y tuvo que borrar y volver a empezar.

—A Rafael —dijo por fin.

Y en el templo entero, hasta el aire se detuvo.

Los motociclistas se miraron entre ellos. El grandote del cuello tatuado se enderezó, y por primera vez desde que había entrado, dejó de sonreír.

Dante se quedó quieto un segundo completo, mirando el teléfono en la mano del cura.

—Usted no conoce a Rafael —dijo, pero lo dijo más bajo. Casi como una pregunta.

—Rafael bautizó a mi sobrina el año pasado —contestó el padre Anselmo—. Y le tiene cariño a este templo. Y le tiene cariño a esta gente.

El teléfono timbró dos veces. Al tercer timbre, alguien contestó del otro lado.

—¿Padre? —se oyó la voz, grave y corta—. ¿Todo bien?

El sacerdote caminó tres pasos hacia el altar, dándole la espalda a Dante por primera vez desde que había entrado. Fue un gesto chiquito. Pero todos lo notaron.

—Rafael, perdón por la hora —dijo el padre Anselmo, y su voz ya no temblaba—. Pero tengo visita en la iglesia. Y no precisamente de las buenas.

Silencio al otro lado.

—¿Quién está contigo, padre?

—Unos muchachos. En motos. Se hace llamar Dante el que manda.

Hubo un silencio tan largo que el padre Anselmo pensó que se había cortado la llamada.

—Dame diez minutos —dijo Rafael.

Y colgó.

El padre Anselmo guardó el teléfono en la sotana con la calma de quien ya no tiene prisa. Se acomodó los lentes. Y volvió a mirar a Dante de frente.

—Te vas a arrepentir de eso —dijo Dante.

—Puede ser —contestó el cura—. Pero por lo menos no me voy a arrepentir de no haber llamado.

Uno de los motociclistas, el más joven, se acercó a Dante y le habló bajito, casi al oído. Dante escuchó, apretó los puños, y luego hizo un gesto con la cabeza.

Dos de ellos salieron corriendo del templo.

El padre Anselmo no los siguió con la mirada. Se quedó viendo a las dos mujeres que seguían pegadas a la pared, y les hizo un gesto mínimo con la mano para que salieran por la puerta lateral.

Ellas empezaron a moverse despacio, sin ruido.

Dante las vio. Y las dejó ir.

Eso fue lo que le puso el corazón en la garganta al padre Anselmo: que Dante las dejó ir porque sabía que ya era tarde para corregirlo, no porque hubiera decidido ser bueno.

—Padre —dijo Dante—, ¿usted sabe lo que está haciendo?

—Sí. Estoy defendiendo mi casa.

—No, padre. Usted acaba de meter a la gente de este pueblo en algo.

—No, hijo. Ya estaban metidos. Solo que no lo sabían.

Y ahí el padre Anselmo se sentó en la primera banca, frente al altar, como si estuviera esperando a que empezara la misa. Se quitó los lentes, los limpió con el borde de la estola, y volvió a ponérselos.

Después cerró los ojos y empezó a rezar.

Uno de los motociclistas escupió en el suelo.

Y nadie dijo nada durante los siguientes nueve minutos.

Las camionetas negras

Las luces se vieron primero en el vidrio de la puerta principal. Fue un reflejo largo, blanco, que cruzó el templo de un lado al otro y se fue.

Después se oyeron los motores. Pero no motores de moto. Motores de camioneta, de esos que gruñen bajito y no tienen prisa.

El grandote del cuello tatuado se asomó a la ventana del costado y se quedó quieto.

—Jefe —dijo.

Dante no contestó. Se estaba guardando los lentes en el bolsillo de la chamarra, y sus dedos se movían un poco raro, como si no le obedecieran bien.

Se oyeron las portezuelas. Cuatro, cinco, seis. Después las botas otra vez, pero botas distintas, más pesadas. Botas que caminan sin apurarse porque saben que el suelo es suyo.

El padre Anselmo abrió los ojos.

—Ya llegó —dijo, casi para sí mismo.

La puerta principal de la iglesia se abrió sin que nadie la empujara con fuerza. Se abrió con calma, y en la entrada se dibujó una silueta negra contra la luz de las camionetas.

Rafael entró solo.

Eso fue lo primero que notó el padre Anselmo: que entró solo. Los demás se quedaron afuera, formados a los costados de las camionetas, sin decir nada, con las manos cruzadas adelante.

Rafael era alto, moreno, con camisa negra por fuera del pantalón y un rosario de madera colgado del cuello. Nada de cadenas de plata. Nada de lentes oscuros. Nada de anillos.

Caminó por el pasillo central sin mirar a los motociclistas. Como si no estuvieran ahí. Como si fueran sillas acomodadas de más.

Se detuvo frente al padre Anselmo y se inclinó un poco.

—Padre —dijo—. Perdone el tiempo.

—Llegaste rápido, Rafael.

—Llegué en ocho —contestó Rafael, y por primera vez le dio la cara a Dante.

Y ahí el padre Anselmo vio lo que había venido a ver.

Dante, que cinco minutos antes era el dueño del templo, ahora tenía las manos metidas en los bolsillos, y se le había bajado la cadena del pecho cuando se movió.

—Buenas noches —dijo Rafael.

—Buenas —contestó Dante, y su voz salió aguada.

—Tú eres Dante.

—Sí.

—El que entró a la casa del padre.

—Estábamos platicando, nomás —dijo Dante, y sonrió. Fue una sonrisa fea, de esas que se hacen cuando ya no hay otra cosa que hacer.

—Platicando —repitió Rafael—. En una iglesia. Con nueve hombres en moto. A las diez de la noche. Con dos señoras arrinconadas en la pared.

Dante se quedó callado.

Rafael miró a las dos mujeres, que seguían pegadas a la pared lateral, y les hizo un gesto con la barbilla. Ellas entendieron y salieron por fin, casi corriendo, sin mirar atrás.

La puerta lateral se cerró despacio.

Y ahí el templo quedó con siete personas: el padre Anselmo, Rafael, Dante, y cuatro motociclistas que ya no sabían dónde poner las manos.

—Padre —dijo Rafael, sin quitarle los ojos a Dante—, ¿este hombre le faltó al respeto?

El padre Anselmo se levantó de la banca. Se le habían dormido un poco las piernas, y tuvo que apoyarse en el respaldo para enderezarse.

—Me quiso asustar —dijo—. Y asustó a dos señoras que estaban rezando.

—¿Y usted lo perdonó ya?

—Todavía no.

—Bien hecho —dijo Rafael.

Y esos dos segundos de silencio, el padre Anselmo los recordaría el resto de su vida.

La frase que lo destapó

Rafael dio dos pasos hacia Dante. Ni uno más.

—Mira —dijo—. Yo no me meto con la gente que reza. Yo no me meto con los templos. Yo no me meto con los viejos ni con las señoras. Eso son reglas que ya estaban puestas antes de que tú nacieras.

—Yo no le hice nada a nadie —dijo Dante.

—Ah, ¿no? —Rafael señaló el altar con la barbilla—. El padre me llamó temblando. Yo lo conozco desde que yo era un chamaco de pantalón corto, y nunca lo había oído temblar. Ni cuando se murió su mamá. Ni cuando se quemó la casa cural hace ocho años.

El padre Anselmo bajó la mirada.

—Entonces, si el padre tiembla —continuó Rafael—, es porque aquí pasó algo. Y si aquí pasó algo, fue contigo.

Dante quiso contestar. Abrió la boca. Y no le salió nada.

Uno de los motociclistas, el más joven de todos, dio un paso hacia la puerta.

—No —dijo Rafael, sin voltear—. Todavía no.

El muchacho se quedó clavado en el suelo, con un pie adelante y el otro atrás, como si estuviera a punto de correr pero ya no pudiera.

Rafael se metió la mano al cinturón.

El padre Anselmo no quiso ver, pero vio. Vio la cacha negra que sobresalió cuando Rafael se acomodó la camisa. No la sacó. Nomás la dejó ver por un segundo.

Y ese segundo fue suficiente.

A Dante se le pusieron las manos frías. El padre Anselmo lo notó desde donde estaba, a cuatro metros de distancia: cómo se le apretaron los dedos, cómo se le tensó la quijada, cómo empezó a respirar por la boca.

—Rafael —dijo el padre Anselmo—. No aquí.

—No voy a hacer nada aquí, padre —contestó Rafael, sin voltear—. Nomás quiero que este hombre entienda una cosa.

—Yo ya entendí —dijo Dante, rápido—. Yo ya entendí, jefe. Ya me voy. De verdad.

—Todavía no.

Rafael levantó una mano. Con dos dedos hizo un gesto chiquito hacia el suelo.

Y Dante, sin que nadie lo empujara, sin que nadie lo tocara, entendió.

Se le doblaron las rodillas primero. Después las manos. Después, todo.

Se arrodilló en medio del pasillo central, entre las dos filas de bancas, frente al altar donde estaban las velas encendidas. Y se quedó ahí, mirando el suelo de baldosa, con las manos abiertas sobre las piernas, como si estuviera esperando algo.

El padre Anselmo sintió que le subía algo caliente a los ojos. No era miedo. Era otra cosa. Era cansancio, quizás. O alivio.

—Padre —dijo Rafael, ahora sí volteándose a verlo—. ¿Qué quiere que haga?

Y el padre Anselmo entendió que ahí estaba la pregunta de verdad. No era una pregunta de venganza. Era una pregunta de todo lo contrario.

—Que pida perdón —dijo el sacerdote—. Alante de Dios, no de mí.

—Escuchaste —dijo Rafael, y le puso la mano en el hombro a Dante. No con fuerza. Casi con suavidad.

Dante habló sin levantar la cabeza.

—Padre, perdóneme.

—Más fuerte —dijo Rafael.

—Padre, perdóneme —repitió Dante, y su voz se rompió a la mitad, como un vidrio que se cae pero no se acaba de romper.

—Por qué le estás pidiendo perdón —dijo Rafael.

Dante no contestó.

Rafael le apretó el hombro. No mucho. Lo suficiente.

—Por qué.

—Por haber entrado a su iglesia —dijo Dante, y el labio le tembló—. Por haber asustado a las señoras. Por haberlo amenazado.

—Y por qué lo hiciste.

Silencio.

—Por qué lo hiciste, Dante.

—Porque me mandaron —dijo Dante, y esa fue la primera vez que levantó la cabeza. Tenía los ojos brillantes, no de lagrimas exactas, sino de esa humedad que sale cuando alguien se da cuenta de que se metió en algo más grande que él.

Rafael se quedó quieto.

—¿Quién te mandó?

Dante bajó la cabeza otra vez.

—No puedo decir eso, jefe.

—Sí puedes.

—Si lo digo, me matan.

—Si no lo dices —dijo Rafael, con la voz más suave todavía—, también.

El padre Anselmo dio un paso al frente.

—Rafael —dijo—. Eso ya no es cosa mía.

—Padre, esto es cosa suya desde el primer día.

—No. Esto es cosa del pueblo. Y si vamos a hacer algo, lo hacemos bien.

Rafael se quedó viendo al sacerdote un rato largo. Después asintió. Después se agachó, hasta quedar a la altura de Dante, rodilla en el suelo, ojo con ojo.

—Mírame —dijo.

Dante lo miró.

—Yo no voy a matarte hoy.

—Gracias, jefe.

—Yo voy a hacer algo peor.

Dante se quedó quieto. Hasta las velas parecieron quedarse quietas.

—Te voy a dejar vivo —dijo Rafael—. Para que vayas y le digas a quien te mandó que aquí hay un padre que reza, que hay un pueblo que reza, y que mientras yo esté en esta tierra, aquí no entra nadie a asustar a las señoras que vienen a prender veladoras.

—Sí, jefe.

—Y si mañana vuelves —continuó Rafael—, no me vas a encontrar de buenas.

—Sí, jefe.

—Y si le pasa algo a este padre, o a cualquiera de los que vienen a esta iglesia, yo no voy a preguntar quién fue. Voy a ir directo contigo.

—Sí, jefe.

—Repítelo.

Dante lo repitió. Todo. Palabra por palabra. Con las manos todavía abiertas sobre las piernas, con la voz todavía rota, con el sudor bajándole por la sien.

Y el padre Anselmo, que nunca en su vida había visto algo así dentro de su templo, se dio cuenta de que estaba rezando. Estaba rezando sin darse cuenta, moviendo los labios en silencio, porque era lo único que le quedaba por hacer.

Rafael se levantó. Se sacudió las rodillas del pantalón. Y volteó a ver a los motociclistas que quedaban.

—Ustedes —dijo—. Agárrenlo y llévenlo.

Los muchachos se movieron rápido, casi con ganas, como si llevar a Dante fuera la única manera de salvar el pellejo propio.

Lo levantaron del suelo entre dos y lo sacaron por la puerta principal, sin empujarlo, casi con cuidado, como se carga a alguien que ya no pesa nada.

Se oyeron las motos arrancar. Una. Dos. Tres. Después el ruido se fue perdiendo calle abajo.

Y el templo quedó solo con el padre Anselmo y Rafael, en medio de las bancas, con las velas todavía encendidas.

Lo que quedó en el aire

—Padre —dijo Rafael—. ¿Le preparo un café?

—No, hijo. Ya me voy a acostar.

—Lo llevo.

—No. Me quedo un rato aquí.

Rafael lo miró un segundo. Después asintió, y se acercó al altar. Se persignó despacio, con la mano abierta, y se arrodilló un momento. Fue un momento corto. Pero el padre Anselmo lo vio. Lo vio arrodillarse en el mismo lugar donde Dante había estado tirado minutos antes.

Después Rafael se levantó, le dio una palmada en el brazo al sacerdote, y salió por la puerta principal.

Afuera se oyeron las camionetas arrancar. Se oyeron los motores bajar por la calle larga, y después la plaza se quedó muda, como se queda un pueblo después de que pasa algo que nadie quiere contar.

El padre Anselmo se sentó en la primera banca.

Ahí se quedó un rato largo, viendo las velas consumirse. Tenía la sotana arrugada, los lentes empañados, y una sensación rara en el pecho: no era miedo. Era otra cosa. Era como cuando uno sale de una tormenta y todavía le tiemblan las manos, aunque ya no llueva.

Se acordó de las dos señoras que salieron corriendo por la puerta lateral. Mañana iban a volver. Volvían siempre. Iban a prender veladoras, iban a sentarse en las mismas bancas, iban a rezar el rosario.

Y eso, pensó el padre Anselmo, era lo único que importaba.

Porque la iglesia seguía en pie. Con las velas encendidas. Con las bancas en su lugar. Con el agua bendita todavía en la pila, aunque el grandote del cuello tatuado se hubiera lavado la cara con ella.

Y eso era lo que Dante no había entendido.

Que no se puede tumbar una iglesia con nueve motos. Ni con cien.

Porque una iglesia no es el techo. Ni las paredes. Ni el altar.

Una iglesia es la gente que vuelve.

Y esa gente, la del pueblo, la de las señoras que rezan, la del padre Anselmo que llama cuando tiene miedo, la de Rafael que entra solo a la casa de Dios porque respeta al que reza, esa gente no se va. Esa gente se queda.

Afuera empezó a soplar el viento. Las velas del altar se movieron todas al mismo tiempo, como si alguien hubiera entrado. Pero nadie entró.

Y el padre Anselmo, solo en el templo, con la sotana arrugada y las manos quietas sobre el misal, dijo en voz baja:

—Gracias, Rafael.

Después se levantó, apagó las velas una por una, y salió a la noche larga.

Porque mañana había misa a las siete.

Y él pensaba estar ahí, como todas las mañanas, con la puerta abierta.

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